Riesgos y desafíos de la agricultura de regadío / Miguel Ángel García Lapresta

Opiniones y Experiencias - 23 May, 2019

Miguel Ángel García Lapresta
    ZETA AMALTEA
    GeoSpatiumLab
mgarcia@amaltea.com

Uno de los grandes retos a los que nos enfrentamos en el futuro más próximo es conciliar la seguridad hídrica y la seguridad alimentaria con los necesarios equilibrios medioambientales. Estos equilibrios constituyen los Iímites físicos y biológicos de la biosfera para renovar los recursos que extraemos y metabolizar los desechos que producimos.

El cambio climático está remodelando el futuro para el agua dulce, que es el principal canal a través del cual ejerce su impacto: lluvias torrenciales, inundaciones y sequías.   

La economía aragonesa tiene sus bases, y buena parte de su evolución, en la agricultura y la ganadería. Es una economía que ha dependido del agua desde su origen y ha evolucionado hacia un modelo más diversificado, en el que el sector industrial, también el agroindustrial y los servicios relacionados, han ido proporcionando valor añadido al sector primario.

Las interconexiones entre el agua, la energía y  la producción de alimentos forman parte de los cimientos económicos de Aragón y continuará siéndolo en el futuro. Actualmente Aragón produce alimentos para más de 12 millones de personas; metabolizar esta actividad requiere esfuerzos mayores que los actuales. Minimizar el impacto negativo del cambio climático exige analizar las cadenas de valor relacionadas con el uso intensivo de agua, ya que involucran a una parte muy importante de la economía y de la cohesión territorial.

Estos fundamentos económicos están afectados por la creciente despoblación del medio rural. Para frenar esta tendencia, la agricultura de regadío, la gestión forestal y la ganadería extensiva son impulsores de primer orden. Por ello  es necesario avanzar en la transformación digital del mundo rural, y en la gestión de riesgos climáticos para mejorar su sostenibilidad y competitividad en los mercados globales.

Las claves para desarrollar estrategias de adaptación exitosas se basan en la gobernanza y la gestión de riesgos que faciliten la participación activa de toda la sociedad, los agentes económicos y las instituciones públicas. Al mismo tiempo, la adaptación a este entorno cambiante, y cada vez más desfavorable, debe considerarse una prioridad para mejorar la seguridad a largo plazo.

Otra de las prioridades, tanto para el sector agropecuario como para la gestión hídrica, es evitar la grave externalidad que supone la contaminación difusa asociada al regadío y la ganadería, y que inhabilita enormes volúmenes de agua subterránea para su uso como agua potable. Es necesario impulsar la muy abandonada gestión de las aguas subterráneas, que suponen mas del 95 % del agua dulce disponible, y cuya inercia dificulta o imposibilita su descontaminación. Consecuentemente, es necesario mejorar las prácticas agrarias,  transfiriendo de manera efectiva e inteligente los resultados científicos y tecnológicos al ámbito rural, optimizando el riego, la fertilización y los tratamientos fitosanitarios.

La parcela agrícola es el elemento físico de referencia en el que se producen los intercambios y transformaciones biofisicas y energéticas. Es donde deben concurrir el conocimiento y la tecnología para conseguir el equilibrio entre el productivismo y la sostenibilidad ambiental. Para que la parcela ejerza su función transformadora de manera eficiente, hay que gestionar el contexto tanto biofísico como socioeconómico.

Las plataformas digitales constituyen los elementos tecnológicos básicos para coordinar, integrar y compartir la información y el conocimiento necesarios para la toma de decisiones inteligentes. La transparencia, la trazabilidad y la participación son esenciales para gestionar esta complejidad, evitando la conflictividad innecesaria y la adiposidad burocrática, que dificultan los avances hacia la solución de unos problemas que crecen a mayor ritmo que las soluciones.

Los riesgos climáticos están aumentando como consecuencia de la variabilidad climática creciente. Para gestionar esos riesgos es necesario identificar los factores internos o externos que hacen a un territorio y a su economía  vulnerables frente esta variabilidad climática.

Un enfoque basado en el riesgo, estimando su probabilidad de ocurrencia y el impacto que podría ocasionar, ayuda a mejorar la seguridad hídrica y permite valorar el grado de aceptabilidad de cada impacto.

Analizar el riesgo climático de un sistema productivo implica conocer el riesgo externo; es decir, el derivado de su situación en un territorio y  una cuenca hidrográfica determinada, y el riesgo propio de su vulnerabilidad en ese contexto, mediante un análisis como se esquematiza en la figura:

 

El primer paso consiste en combinar los escenarios climáticos con modelos hidrológicos y modelos suelo –agua, para simular los efectos concretos que traerán las condiciones climáticas futuras para los sistemas de recursos hídricos y, en consecuencia, para los sectores productivos y sociales dependientes. Las proyecciones se hacen con distintos horizontes temporales cuya fiabilidad es decreciente con el plazo simulado.

Estas simulaciones deberán traducirse en balances de disponibilidad – demanda, teniendo en cuenta la temporalidad de ambas, las necesidades de regulación para adaptarlas con la suficiente garantía y los requisitos de calidad fisicoquímica, para evaluar los tratamientos necesarios tanto para su uso como para su retorno el medio.

Gestionar el riesgo implica ser activos en evitarlos en lo posible, en reducirlos, asumirlos o transferirlos. Cada una de las acciones dependerá de su grado de aceptabilidad en función de sus consecuencias y de su probabilidad.

El modelo de economía circular, unido a una buena gobernanza adaptativa del agua, son el marco de referencia para una adecuada planificación económica y territorial, que persiga una prosperidad justa para todos. No hacerlo así será mucho más costoso.

Para abordar con éxito todos estos desafíos, en Aragón existe talento, conocimiento, centros tecnológicos y de investigacioón suficientes y muy capacitados. También tenemos organizaciones agrarias de primer orden y clústeres de nueva generación, que integran todas las capacidades necesarias para crear un futuro mas inteligente e integrador.